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Fruto de la desesperación y desgracia de la existencia, el espejo ha sido una cárcel, un victimario y ejecutor. Ha marcado un antes y después, acabando con la vida que nunca mereció existir. Los corazones que nunca debieron latir, las bocas que nunca debieron hablar, los ojos que nunca debieron ver. Las fantasías que nunca se cumplirán, aquellas utopías tan distantes que uno quisiera tocar.

Eso era lo que se vivía dentro de un espejo, era la gran vastedad del infinito, pero a su vez, tantos barrotes como en una prisión. Ella, se encontraba en un pleno auge. Sus alas cristalinas y acuíferas se extendían desde su espalda, las alzaba generando una bella imagen. El resultado de un alma en busca de la libertad, recorría y atravesaba miles de lugares en busca de quebrantar umbrales. Deseando poder ver su planeta una vez más.

No sabía qué habitaba dentro del espejo, no se lo imaginaba, tampoco. Criaturas inimaginables, bestias imperdonables, la materialización de la maldad más fuerte. Vio hacia el suelo del espejo, vio el cristal quebrarse, sin embargo no se rompió. Recibió un duro golpe en el momento que su mirada se desvió, cayendo al suelo, rompiendo el vidrio aun más. Y sin embargo, no lo rompió. Su gema se agrietó ligeramente, abrió sus alas de nuevo, pero apenas podía soportar su peso. Voló más allá de los astros, más allá del peligro que le acechaba. Pero nunca estaría a salvo. El espejo era infinito, lo que conlleva a maldad infinita, que generó en ella un miedo infinito. Buscaba un contacto con la realidad, con el mundo exterior. Quería, deseaba y anhelaba ver una vez más su tan ansiado planeta.

Encontró una gran torre que se erguía, brillante e incandescente. Entró en ella, tocando con sus finos pies el mármol helado. Mientras el mismo espejo donde ella estaba encerrada, estaba en el suelo. Tembló al verlo, recordó con pena cómo había llegado hasta ahí, y lo tomó. Veía su reflejo, vio sus ojos, enrojecidos por el llanto, su cara manchada con tierra y sangre, que no era suya, su cabello desenmarañado. Luego, como si fuera una tele, el espejo se apagó. Para encenderse de nuevo, esta vez, mostrando unas estrellas. Lapislázuli abrió los ojos de par en par, una pequeña chispa de alegría surgió en su mirada. Podía ver que el mundo aún existía. Decidió quedarse ahí, para siempre. Aceptó que nunca saldría, pero que el exterior nunca saldría de ella, no mientras ella se quede en la torre.

No fue hasta que pasaron años, que una fina mano apareció por la pantalla. Se sorprendió, mordió sus labios para ahogar su llanto cuando miles de ojos se clavaron en ella, muchas preguntas que nunca podría responder, acusaciones que nunca podría negar. Solamente pudiendo callar, y resistir un final que jamás llegaría. Fueron días, y días, de millones de voces rebotando contra su cabeza, manteniéndose siempre oyente, y siempre aterrada. Hasta que un día desaparecieron.

Simplemente las dejó de escuchar, creyó que se había vuelto loca a causa de su soledad, pero la pantalla cambió una vez más, veía oscuridad, pero escuchaba muchos pasos, gritos y llantos. Dio unos pasos hacia atrás, abrió sus alas una vez más, estas dolidas de tanto tiempo quietas. Se levantó y volaba lo más alto que podía en la torre.

Hasta que vio todo negro, sus alas perdieron fuerza, color y forma. Su mente se perdió en un gran vacío, y cayó en el medio de la sala. Un eco sonó fuertemente cuando cayó, dejando a la vista su gema quebrada. En un momento de conciencia, pidió por ayuda, aunque supo que nadie vendría.


Aleksai Sagir-Lazzuli